Nace un inversor
Hace poco nació la hija de un amigo. La hermosa Lola. Y como siempre que nace un bebé en la familia o de un amigo, le caemos de visita con alguna ropita diminuta, una mantita suave o algún peluche de esos que esperamos la bebé lo adopte como apego para dormir.
Por supuesto que fui uno de esos casos y le llevé a Lola, ropa y una mantita. Esto que parece una anécdota simple y común, no es algo que pasa en todos los países. Déjenme contarles cómo se vive un nacimiento en Suiza. Y desde ya les anticipo que hay costumbres que dicen más de un país que cualquier libro de historia.
En Suiza, un bebé al nacer no recibe lo que acá solemos regalar sino otra cosa muy diferente: una cuenta bancaria. Un regalo casi invisible, sin moños ni aroma a perfume, pero que los acompaña hasta la adultez como un pequeño contrato silencioso con su futuro.
La escena más común allá es: ante el nacimiento del bebé, los padrinos, los abuelos o los tíos llegan con un sobre que en su interior tiene un formulario del banco. Te parece frío, ¿No?. Abren lo que se llama una Kinderkonto, una cuenta de ahorro infantil a nombre del recién nacido. En Suiza regalar dinero a un recién nacido no es un gesto frio o materialista, es una forma de decirle al nuevo integrante de la familia: “Bienvenido, te dejo una base para que construyas tu propio futuro”.
Lo importante de esta cuenta no es el monto, ya que muchas veces es algo simbólico, sino la idea: el camino financiero de una vida empieza desde el minuto cero. Y ese camino no se corta ahí, sigue durante los cumpleaños, navidades, comuniones. Esa serie de pequeños depósitos, sumados a la capitalización de la cuenta, forman con el tiempo una suma interesante.
Cuentan que el origen de esta costumbre viene de la hiperinflación que sufrió Suiza entre 1914 – 1920 que generó casi una obsesión por el ahorro. En nuestro caso, si cada vez que sufríamos inflación nos obsesionábamos con ahorrar, seríamos los campeones del mundo del ahorro. Pero no.
Bancos suizos como UBS, Raiffeisen, ZKB, Banque Cantonale Vaudoise, etc. poseen este tipo de cuentas, con las siguientes características:
- Están a nombre del menor, pero administrada por los padres o tutores.
- Las tasas suelen ser un poco más altas que las de un adulto para fomentar el ahorro temprano.
- Se permiten depósitos automáticos desde cuentas de padres o padrinos.
- El niño puede retirar el dinero solo al alcanzar una edad determinada (actualmente 18 años)
Cuando ese chico cumple dieciocho, se encuentra con un capital acumulado que le alcanza para estudiar una carrera, viajar, mudarse, o simplemente tener un primer colchón financiero propio. Se empieza a ver diferente el regalo ahora, ¿No? Dudo que Lola pueda sacarle esa utilidad a la ropita que le regalé, de hecho ya no debe quedarle.
Este ahorro temprano no vive aislado. Es parte de un ecosistema donde la educación financiera aparece como una cultura arraigada, que quizás haga la diferencia entre un país y otro.
En Suiza, los chicos aprenden sobre dinero en la escuela casi como acá aprenden las provincias y sus capitales. Mi hijo tiene 12 años, casi egresando de la primaria, y todavía no escuchó siquiera la palabra “dinero” en el colegio. Como si fuera una mala palabra.
La forma en la que aprenden en Suiza a gestionar el dinero no involucra fórmulas ni gráficos incomprensibles. Tratan el tema con situaciones reales. En los grados de primaria, por ejemplo, los docentes trabajan algo que se llama budgetkompetenz: la capacidad de manejar un presupuesto. Les dan un ejercicio simple. Imagina que tenes que organizar tu propio cumpleaños. ¿Cuánto cuesta la comida? ¿Cuánto la bebida? ¿El salón? ¿Cuántos amigos puedo invitar y qué pasa si me excedo en el número? ¿Pago un adicional? Ese tipo de problemas no busca hacer de los chicos mini economistas, sino busca algo más profundo: que entiendan que cada decisión tiene un costo y que administrar recursos es una habilidad que se practica, no un instinto ni algo que traemos desde la cuna.
En Zúrich, en los últimos años de la primaria, algunos colegios incorporan prácticas aún más concretas. Le llaman Fit for Finance, donde un día entero la escuela se convierte en una mini ciudad con comercios, sueldos ficticios, tarjetas de débito con límite real y hasta un ente recaudador de impuestos. Los chicos tienen que trabajar en pequeños roles, cobran un ingreso simulado y deciden cómo gastarlo o ahorrarlo. Es un aprendizaje financiero con gusto a recreo porque se divierten y de paso se forman en algo útil.
En la secundaria la educación financiera sube todavía un escalón más.
¿Y qué pasa al final de ese recorrido? Sucede algo que nosotros solemos descubrir tarde: que hablar de dinero no es algo frio ni incomodo. Que ahorrar no es un castigo. Que invertir no es una timba o algo reservado a unos pocos. Y que la libertad financiera no es un privilegio, sino una consecuencia de empezar desde temprano.
En Argentina la educación financiera suele llegar tarde. Y por lo general aparece como reacción a un evento que nos obliga a hacer algo como supervivencia, nunca planificado. Difícilmente lleguemos algún día a ser Suiza, somos una cultura muy diferente, pero sí podemos tomar algo de su filosofía: abrir una cuenta cuando nace un hijo o un ahijado. No será algo que se lo veremos puesto inmediatamente ni que lo vaya a usar de apego para dormir, pero sin duda que será el primer ladrillo para construir un puente que lo lleve a su libertad financiera. Y cuando sea más grande, y pueda disfrutar de ese regalo, va a tener mucho más valor que cualquier mantita: el valor del aprendizaje.



