El día que Warren Buffett no habló de dinero
Hay algo distinto en la última
carta de Warren Buffett a los accionistas de Berkshire Hathaway este año. No es
porque sea la última que lo encuentra en la conducción de la empresa, no es por
la sucesión ni por la economía. Es por él. Un hombre que decidió retirarse (anticipadamente)
a los 95 años, bajar la voz, mirar hacia atrás y por primera vez hablar menos
como inversor y más como ser humano.
En medio de los recuerdos de su
infancia, en la carta aparecen dos momentos que no tienen mucho que ver entre
sí, pero que dejan un mismo mensaje: vivir bien va mucho más allá del dinero.
Buffett cuenta que una de las
mejores decisiones de su vida fue elegir, casi sin darse cuenta, a quién
admirar. Y no lo dice como una frase de autoayuda; lo dice con toda la
naturalidad con la que se cuentan las cosas importantes cuando uno ya no tiene
que impresionar a nadie.
Habla de Thomas Murphy, un
ejecutivo que nadie fuera del mundo corporativo conoce, pero que él considera
“el mejor que ha existido”. No porque haya sido el más brillante ni el más
famoso, sino porque hacía lo correcto de manera silenciosa, sin atajos, sin
trampas, aún cuando nadie lo veía. Sin esa necesidad de mostrarse que hoy
parece obligatoria.
Buffett lo miró, lo estudió, y lo
imitó. Como un chico que copia los modales de alguien que respeta
profundamente.
Y ahí deja caer una idea hermosa:
tu vida mejora cuando elegís bien a quién queres parecerte.
Sin libros, sin gurúes, ni
grandes teorías. Solo observando a las personas correctas y dejando que su
forma de vivir te contagie algo.
Más adelante y casi sin
transición, Buffett trae en su carta otra imagen mucho más fuerte: Alfred
Nobel leyendo su propio obituario. ¿Cómo es eso? Resulta que el día que
falleció su hermano, Ludvig Nobel, un periódico confundió el nombre del
fallecido publicando el obituario de Alfred Nobel, en lugar de Ludvig.
Ese obituario describía a Alfred
Nobel de manera extremadamente negativa: lo recordaba como el creador de la
dinamita y como un hombre que había enriquecido al mundo mediante instrumentos
de destrucción. Imagina lo que debe ser enfrentar por escrito esa versión de
vos mismo, sin filtros, sin excusas y sin segundas oportunidades.
Alfred no discutió ni se
defendió. Simplemente entendió que, si no cambiaba algo, ese sería su legado. Y
lo cambió.
De esa incomodidad nacieron los
premios Nobel, destinados a reconocer contribuciones extraordinarias a la paz,
la ciencia y la cultura. De ese espejo nació otra vida posible.
Buffett no une las dos escenas.
Pero es imposible no sentir que hay una línea invisible entre tomar buenos
ejemplos y animarse a revisar quién sos hoy. Una invita a crecer copiando
lo que te eleva. La otra invita a corregir lo que te pesa.
Esta vez Buffett quiso dejar eso:
no una lección financiera, sino una lección íntima.
Que todavía estamos a tiempo. Que nunca es tarde para mejorar un poco nuestra
propia versión, esa que nos haría sentir orgullosos de verla escrita.



