Casos de éxito
Hoy te vamos a contar tres historias reales que bien podrían encuadrar en: casos de éxito.
Diego tiene 45 años. Un buen trabajo. Buen ingreso. Una casa linda. Un auto que le gusta. Sale de vacaciones todos los años con su familia y sabe darse los gustos sin culpa.
Si alguien mirara su vida desde afuera, diría: “está hecho”.
El problema es que Diego, una noche cualquiera, se hizo una pregunta incómoda que no lo dejó dormir: “si mañana esto se termina… ¿qué me queda?”
No era miedo. Era algo peor. Era darse cuenta de que nunca había construido tranquilidad.
Diego vivía bien. El error, si se le puede llamar error, fue creer que mientras el presente funcione, el futuro puede esperar. A los 45, el cuerpo cambia, la cabeza cambia y las certezas también. El trabajo ya no se siente eterno y el ingreso tampoco. Es ahí cuando aparece algo nuevo: la necesidad de respaldo. Construir un capital para el día de mañana.
Diego se acercó a nosotros como lo hace con casi todo: por curiosidad. Para probar.
Lo primero que trabajamos con Diego es aprender a separar una parte de su ingreso para que no sea consumo inmediato, y que lo destine a invertir. Empezó a invertir casi como un experimento, en la bolsa, para entender cómo funciona el mercado desde adentro.
Hoy, algunos años después, Diego no habla de rendimientos. Habla de calma. Aparta todos los meses una parte de lo que gana y la invierte. El dinero que antes se iba sin registro ahora se acumula. Hay meses buenos, meses malos, pero hay algo que antes no existía: capital.
Sigue disfrutando el día a día, solo que ahora lo hace con mucha más tranquilidad porque puede disfrutar proyectándose sin preguntas incómodas rondando su cabeza.
Otro caso de éxito es el de Gisela. La eterna responsable. De las que ahorran casi sin proponérselo. Esas que compran dólares y los guardan como diríamos en Argentina: “bajo el colchón”.
Gisela hizo casi todo bien. Tanto, que logró juntar un capital interesante. El problema es que ese capital estaba quieto. No crecía. No generaba nada. Y, sin darse cuenta, perdía valor año tras año.
Una tarde se acercó a una de nuestras charlas de finanzas que solemos dar. Llegó sin buscar nada en particular. Escuchó. Dudó. No se animó a preguntar durante la charla porque es muy perfil bajo, pero al día siguiente nos contactó para sacarse todas las dudas.
Cuando decidió avanzar, lo hizo despacio. Con instrumentos conservadores, acordes a su perfil. Sin sobresaltos y sin perder el sueño.
Hoy Gisela se define como inversora. Sus dólares siguen siendo dólares, pero ahora trabajan. Generan algo. Supo encontrarles un propósito (o varios) e invertir con la clara idea de que se puede estar un poco mejor.
Y hay algo todavía más
interesante: Llevó a sus hijos a nuestras charlas para que comiencen cuanto
antes a incorporar un hábito financiero saludable. No por ambición. Por no
repetir el error de creer que con solo ahorrar alcanza.
Vamos con el último caso de éxito. El de Gonzalo.
El caso de Gonzalo no tenía al dinero como principal protagonista. Sin sobrarle nada, no era el tema plata un problema para él. Gonzalo estaba a punto de retirarse de forma anticipada de su trabajo después de muchos años. Ganaba bien. Había logrado formar capital. Tenía los hijos grandes y ya con sus vidas resueltas. Lo económico no era un problema.
El problema era otro: ¿qué hacer con el tiempo?
Llegó a nosotros por su hijo, a quien ya asesorábamos desde hace tiempo. Una charla muy amigable con mate y facturas de por medio, con más escucha de nuestra parte que consejos.
Ese primer contacto tenía como objetivo evaluar qué podía hacer con el dinero que le darían por el retiro. Pero no terminó siendo un objetivo real. Acabó siendo una puerta. A leer, a estudiar, a comprender el mundo de las finanzas, a probar, a aprender cosas nuevas. Relacionar las noticias que leía con el impacto en los mercados y sus inversiones. “Cultura general” como supo decir una vez.
Hoy Gonzalo invierte, sigue los mercados, se capacita, se mantiene intelectualmente muy activo. La verdad es que podría manejarse solo tranquilamente, ya no nos necesita. Pero elige seguir acompañado, porque entiende el valor de una mirada profesional, que lo conoce, pero que a la vez es externa y objetiva.
Su hijo nos dice que lo ve más activo ahora que cuando iba a trabajar todos los días, y eso es muy gratificante.
En Momentum no trabajamos con promesas. Tampoco nos dedicamos a armar carteras de inversiones iguales para todos. Trabajamos con procesos. Acompañamos personas que no están mal, pero sienten que podrían estar más tranquilas. Y justamente por eso hablamos de personas y no de clientes, porque para asesorar bien hay que conocer y empatizar.
Estas historias no son excepciones. Son más comunes de lo que parece. La diferencia es animarse a dar el primer paso, el que más cuesta, y dejarse acompañar.
Convertirse en un “caso de éxito” no es tener la cartera de inversiones más ganadora. Es ganar calma, presente y futura.



