El Peso de la Historia
Juan es un chico de 15 años que
lo caracteriza su curiosidad por conocer cosas nuevas y su pasión por las
cosas dulces. Un día, volviendo a su casa camino de la escuela, se dio una
situación que para Juan fue imposible dejar pasar. Se trataba de una nueva
tienda de golosinas llamada “La
máquina del tiempo”, la cual cumplía los dos requisitos que
atrajeron a nuestro protagonista: La curiosidad de conocer un nuevo
lugar, y la promesa de dulces delicias.
Apenas antes de entrar a Juan le
llamó la atención el extraño nombre del local, pero de nuevo la curiosidad fue
más fuerte y sin pensarlo ingresó.
Al hacerlo, la puerta se cerró
fuerte y repentinamente a sus espaldas, haciendo un estruendoso ruido que lo
asustó. Mientras intentaba sin resultados abrir la puerta con todas sus fuerzas,
siente detrás suyo una voz:
-
Niño, ¡te cambio este pescado por tus
zapatillas! (dijo un hombre con el torso desnudo y un pescado en su mano)
De pronto ya no estaba más dentro
de un local de dulces, sino que la situación se estaba desarrollando dentro de una
caverna. Una caverna oscura, todo rodeado de piedra, ya no se veía más la
puerta y del otro lado un hombre con un pescado en la mano. Raro ¿no? Lo
primero que pensó Juan es que podría tratarse de un sueño, después de todo la
clase de historia que venía de tener bien pudo ser la causa de quedarse dormido
en la escuela y todo esto es parte de ese sueño.
-
¡El pescado por tus zapatillas! (se
volvió a sentir y la verdad es que parecía muy real)
-
Eh… no, gracias. Prefiero las pastas
(contestó Juan y se retiró por uno de los túneles de la caverna para escapar de
esa confusa situación)
Juan corre a lo largo del túnel
que parece tener algo de luz al final. Efectivamente cuando llega a la salida
se encuentra con un paisaje de campos de trigo y algunos animales. Mientras
seguía caminando y pensando en cómo llegó ahí siente otra voz que le dice:
-
Hola, ¿te gustaría cambiar tu campera por una
cabra? (una mujer campesina, muy amable, y sobre todo muy interesada por la
campera)
-
Hola. No, gracias. Estoy bien así, prefiero
quedarme con mi campera (contestó Juan)
-
Y ¿por dos cabras? (replicó la mujer)
Juan se dio cuenta de que la
extraña mujer estaba intentando comprar su campera ofreciendo cabras como medio
de pago. Por un lado llegó a pensar que si tanto era el interés de esta mujer
por su campera, bien podría negociar unas cinco cabras por ejemplo. Ahora bien,
¿Qué haría con ellas? Se imaginó por un momento ir al supermercado a hacer las
compras con cabras, o salir a comer afuera con ellas, y la verdad no era un
buen plan ¿Cuántas cabras tendría que pagar por un combo grande de hamburguesas
con papas? ¿Cómo le darían el vuelto? Muy difícil.
-
Gracias, pero esta campera es muy especial
para mi y no está a la venta (respondió Juan y se alejó del campo siguiendo
un camino que parecía llevarlo a un nuevo destino).
Luego de caminar unos minutos se
encontró con un paisaje que le sonaba algo familiar. El escenario frente a sus
ojos bien podía ser el que aparecía en ciertas películas épicas de esas que a
Juan tanto le gusta mirar.
-
Niño, ¿Cuánta sal pides por tu mochila?
(una nueva voz, que en este caso salía de una especie de soldado romano)
-
¿Cuánta qué? (preguntó Juan)
-
Sal. ¿Cuánta sal quieres que te pague para
que me des tu mochila? Piensa que luego con esa sal puedes comprarte lo que
quieras niño (insistió el soldado)
-
Gracias, pero la verdad es que soy más del
team dulce. (respondió Juan y se alejó del soldado quien azorado con la
respuesta le obsequió algo de sal para que pudiera comprarse algo más adelante)
Si algo le quedaba claro a Juan
en todo este extraño recorrido era que su ropa estaba causando furor. Todos
querían algo de lo que llevaba puesto, el problema era el medio de pago con el
cual querían efectivizar la transacción. Todo sonaba muy raro. Y mientras iba avanzando
en el camino pensando en todo lo que le estaba pasando, se encontraba con
nuevas construcciones y una escenografía totalmente diferente.
-
¡Hola niño!
-
Uy… y ahora que me van a pedir, ¡espero no
sean mis pantalones! (pensó Juan aunque en voz alta)
-
¡No me digas que ya los tienes vendidos! Te
ofrezco más monedas de plata si quieres, pero véndemelos a mí (dijo un
joven griego con un puñado de monedas de plata en su mano)
-
Gracias, pero no están en venta porque hoy
salí de casa sin ropa interior (dijo Juan en respuesta al ofrecimiento,
aunque las monedas de plata lucían muy bien por lo que agregó), si quieres
puedo ofrecerte mi campera por unas diez monedas de plata. ¿Qué opinas?
-
Trato hecho (dijo el joven griego)
Para ser un sueño era bastante
raro, pensaba Juan, pero se sentía contento por haber hecho un buen negocio ya
que ahora contaba con unas diez monedas de plata que realmente eran muy
brillantes (aunque pesadas).
Más caminaba y más le pesaban sus
pantalones con el peso de las diez monedas en sus bolsillos. A la incomodidad
producto del peso se sumaba el calor, los rayos del sol eran cada vez más
fuertes.
-
Lo que daría por una Coca Cola bien fría (dijo
Juan)
-
¿Una qué? No sé qué es lo que deseas niño,
pero si quieres algo para tomar puedo ofrecerte algo de té frio (dijo un
hombre con rasgos asiáticos)
-
Acepto (dijo Juan) ¿Cuántas monedas de
plata sale un vaso de té bien helado?
-
¿Monedas de plata? No niño, eso sería muy
incómodo para usar como medio de pago, ¡eso ya fue! Aquí en China utilizamos
papel moneda. Si quieres puedo cambiarte algo de papel moneda por una moneda de
plata y así puedes comprarte un té y algunas otras cosas que desees
-
Genial, gracias. (dijo Juan y se fue con
el vaso de té frio, que no se parecía en nada a la Coca Cola deseada, y algunos
billetes)
La travesía de Juan siguió unos
kilómetros más hasta que en el camino se encuentra con un hombre muy bien
vestido con un elegante traje.
-
Disculpe señor, ¿podría venderme algo para
comer? Tengo hambre, puedo pagarle con monedas de plata o también tengo
billetes (dijo Juan)
-
¿Y esos billetes? ¿Acaso los sacaste de algún
juego, niño? (dijo el hombre)
-
Me los dieron en China a cambio de monedas de
plata
-
Mira niño, soy banquero. Aquí en Londres y en
pleno siglo XIX los únicos billetes válidos son aquellos que tienen un respaldo
en oro en el banco. De lo contrario cualquiera podría emitir nuevos papeles falsos
sin ningún valor. Por cada lingote de oro que tenemos en el banco emitimos
billetes que representan ese valor. Más fácil para trasladar, guardar, e
incluso para dar vueltos
-
¿Siglo XIX? ¿Londres? ¿Oro? (Juan cada
vez entendía menos lo que estaba pasando y antes de tener problemas con el
banquero prefirió alejarse y buscar algo para comer en otro lado)
Todo se estaba haciendo cada vez
más duro para Juan, y lo que en principio parecía ser un sueño de pronto
comenzaba a convertirse en pesadilla. A esta altura solo quería volver a casa.
-
Si encuentro la salida y vuelvo a mi casa no
como más una golosina (se decía Juan a sí mismo)
-
¿Estas perdido niño? ¿Puedo ayudarte? (dijo
un hombre vestido como militar)
-
Si, quiero volver a mi casa (dijo Juan con
algo de duda en su tono de voz, pero también con algo de confianza en que un
militar pueda ayudarle a regresar con su familia, o en el peor de los casos a
la clase de historia).
-
No tengas miedo niño, vas a estar bien. Me
llamo Richard Nixon, estas en los Estados Unidos en este momento. Si me esperas
unos minutos rompo el acuerdo de Bretton Woods y te ayudo a regresar a tu casa.
-
¿Bretton qué? (dijo Juan sin entender una
palabra de lo que había escuchado)
-
Bretton Woods. Es un acuerdo que se firmó
allá por julio de 1944 luego de la segunda Guerra Mundial. Por ese entonces
EEUU ya era una gran potencia mundial, y con la firma de ese acuerdo se estableció
el uso del Dólar Estadounidense a nivel mundial como moneda para comerciar
entre países siempre que su valor este respaldado en oro. Hoy, 27 años después,
corriendo el año 1971 voy a firmar la ruptura de esa relación por lo cual el
dólar ya no se respalda en oro, sino exclusivamente en la confianza que le
otorga la sociedad, consolidándose a partir de hoy su carácter pleno como
moneda fiduciaria. Lo fiduciario quiere decir que el Dólar tiene valor
justamente porque todas las personas lo aceptan y confían de que sirve para
todas las funciones que cumple el dinero, y que no necesitan saber que haya oro
o algún otro respaldo en un banco.
-
Wow… dólares… me cambiaría alguno? Le
puedo ofrecer monedas de plata, papel moneda de China, algo de sal, cabras no
tengo porque se me complicaba traerlas en el camino…
-
Toma niño, aquí tienes un dólar, ahora dame
unos minutos y te llevo a tu casa
Juan sintió que podía ser el
final de esa pesadilla, y que esa situación bien podría ser la que dio origen
al llamado “dólar de la suerte” si finalmente terminaría en su casa con su
familia.
Y mientras Juan esperaba a Nixon
esos minutos que resolviera sus temas antes de llevarlo a casa, se recostó
exhausto de tanto caminar a descansar un momento. El descanso fue realmente
necesario al punto que Juan se durmió.
Al despertar, notó que el paisaje
nuevamente era distinto y que ya no estaba Nixon, ni el militar británico, ni
el chino, ni el joven griego, ni había cabras y tampoco el hombre de las
cavernas con un pescado en la mano. A pocos metros esperando que Juan esbozara algún
tipo de sonido, se encontraba una señora detrás de un mostrador repleto de
golosinas.
-
¿Se te ofrece algo niño?
-
Ehh… ¿Esta es la tienda de golosinas “La
maquina del tiempo”? (preguntó tímidamente)
-
¡Exactamente! Abrimos justo hoy. ¿Qué se te
ofrece?
-
¿Un alfajor? (dijo Juan todavía temeroso)
-
Aquí tienes, son $500, y únicamente aceptamos
pagos escaneando este QR
-
¡Ups!, pero… no traje el celular… (dijo
Juan, quien al meter sus manos en los bolsillos solo consiguió sacar algunos
billetes antiguos, el dólar de la suerte y un poco de sal)
-
No importa, llevalo de todas formas. Y anda a
descansar, se te ve cansado
-
Gracias, es que vengo de un largo viaje
Al retirarse del local Juan se
dio cuenta que era el negocio que había entrado camino de la escuela a su casa.
De pronto el nombre del local cobraba sentido: “La máquina del tiempo”.
El recorrido que hizo Juan en “La
máquina del tiempo” fue la historia del dinero. Comenzó en la edad de
piedra con el trueque y esa persona que se le acercó con la intención de
intercambiar el pescado por las zapatillas. Al no haber moneda de intercambio,
el trueque consistía en cambiar aquello que tenías por cosas que deseabas y no
tenías. El problema radicaba en que quien tenía lo que uno necesitaba debía a
su vez necesitar lo que podías ofrecerle. Difícil, ¿no? Mira si justo la
persona que desea lo que vos podés ofrecer solo tiene coliflor para entregar a
cambio. Por eso con el tiempo se fue abandonando el trueque y se pensó en
buscar algo que pudiera utilizarse como medio de intercambio.
Más tarde recorrió la
Mesopotamia, la región que hoy podría ser la ocupada por Irak y Kuwait. Allí se
comenzó a utilizar cosas como moneda de intercambio en lugar de intercambiar
directamente un bien por otro. Esas cosas eran el ganado y los granos,
por eso una mujer quiso ofrecerle una, y hasta dos cabras para comprar la
campera de Juan. Pero como bien pensaba Juan, ir al supermercado con las cabras
no sería cómodo, ¡y ni hablar si tuvieras que dar un vuelto! Así que había que
pensar en una alternativa mejor.
De allí salta al Imperio Romano
en donde la sal era algo muy valioso y por eso fue el elemento elegido
por ellos para pagar a los soldados. De ahí viene la palabra “salario” que
todos conocemos. Juan se encuentra en el camino con un soldado romano quien
ofrece algo de sal a cambio de su mochila. Todavía sigue siendo algo difícil de
transportar y complicado para asignarle precio a los bienes y dar un vuelto,
¿no? ¿Te imaginas tu billetera llena de sal?
Continuando este recorrido por la
historia del dinero Juan se encuentra en la antigua Grecia con un joven que le
ofrece monedas de plata a cambio de sus pantalones. Mucho más fácil para
transportar e incluso para dar el vuelto, las monedas de metales preciosos se
comenzaron a usar como moneda de intercambio. La duda que nos queda es si
efectivamente Juan llevaba o no ropa interior por lo que se negó a efectivizar
la transacción.
Luego de Grecia, el camino lo
lleva a China. Ahí es donde el papel moneda tiene sus orígenes en el
siglo VII durante la dinastía Tang. Los comerciantes chinos comenzaron a usar
recibos de depósito, que eventualmente evolucionaron hacia los billetes más
parecidos a lo que hoy conocemos.
El recorrido siguió un poco mas y
ahora nuestro protagonista se encuentra con un banquero en Londres, quien le
explica que sólo los billetes con respaldo en oro en un banco tienen
validez. Juan asustado de que lo tomen por un estafador que imprime billetes
sin respaldo sale huyendo.
Por último, Juan se encuentra con
Nixon en Estados Unidos quien le cuenta la historia del llamado “patrón oro”
instaurado en 1944 luego de la segunda Guerra Mundial con el acuerdo Bretton
Woods, que posteriormente fuera dejado de lado por el mismo Nixon al dejar al dólar
como moneda fiduciaria tal como hoy la conocemos. La base sobre la que está
montada toda esta estructura financiera es LA CONFIANZA.
Cómo seguirá esta historia no lo
sabemos. Hoy nuestra billetera no es más ese artículo de cuero con cavidades
para meterle billetes dentro. La billetera de hoy es el celular, ese otro
elemento que antes se utilizaba para hacer llamadas telefónicas.
El dinero fue tomando diversas
formas a lo largo de la historia y desconocemos las formas que le esperan en el
futuro. Lo que si vemos en común en cada una de estas historias en el tiempo es
que el dinero es el instrumento utilizado para entregar a cambio de aquellos
bienes y/o servicios que deseamos. El dinero no debe ser un fin en sí. Tampoco
es algo malo o bueno, es un instrumento. Debemos comprender que muchos de los
sueños que persigamos a lo largo de nuestra vida van a necesitar recursos que permitan
alcanzarlos. Cuanto mejor administremos esos recursos (dinero) más temprano alcanzaremos
nuestros sueños. Quizás de ahí podríamos sacar la conocida frase que dice “el
dinero no hace la felicidad, pero ayuda”, porque la felicidad muchas veces
viene del logro de nuestros objetivos, de alcanzar nuestros sueños.
Hagámonos amigos del dinero y aprendamos
sobre él, no es el villano en esta ni ningún otra historia.
-
¡Juan! ¡Juan!... ¡JUAAAAAAAN!
-
Eh… ¿Qué?... ¿Profesora?
-
Te quedaste dormido en clase. La semana que
viene preparás el tema que acabo de dar y lo expones a tus compañeros.
-
Si Susana, lo siento, no va a volver a pasar.
Sin entender mucho lo que pasaba
Juan mira a su alrededor y todo era un panorama normal. Sus compañeros de clase
sonriendo por la situación que acababa de darse y la profesora de historia,
Susana, sin ganas de sonreír precisamente.
Todo había sido un sueño.
Al salir de la escuela con sus
amigos, Juan les comenta:
-
Chicos, ¡No saben lo que soñé! ¿Les cuento?
-
Esperá Juan, pasemos primero por el negocio
nuevo ese de golosinas que abrió hoy, “La máquina del tiempo”, entremos y
después nos contas. ¿Dale?
- Eh… paso, creo que soy team salado.



