Billeteras virtuales
Todos los meses aparece el mismo campeonato. Mercado Pago,
Ualá, Naranja X, Personal Pay, Cocos, Prex, Fiwind, entre otros, peleándose por
demostrar quién paga un puntito más de tasa.
Cada tanto aparece publicada la tabla de posiciones y durante
unas horas pareciera que de esa decisión dependiera nuestro futuro financiero.
Entonces empezamos con la mudanza. Sacamos la plata de una billetera, la
pasamos a otra y celebramos haber conseguido dos puntos más de tasa anual. Dos
puntos.
Mientras tanto, probablemente gastemos en una compra
impulsiva mucho más de lo que esa diferencia nos podría generar durante todo un
año.
Te proponemos mirar el número que realmente importa. Y ese
número no tiene que ver con porcentajes, sino con la medición del tiempo. Te lo
explicamos.
El problema no es cuánto te paga la billetera virtual. Si es
un 17%, 18% o 20%.
La pregunta es: ¿Cuánto tiempo logra permanecer esa plata ahí
sin que la gastes?
Las billeteras virtuales tienen una virtud enorme: hacen que
todo sea fácil.
Y también tienen un problema enorme: hacen que todo sea
fácil.
El dinero ingresa fácil.
La ves fácil.
La transferís fácil.
La podés gastar fácil.
Abrís la aplicación para mirar cuánto rendimiento viene
generando y, en la misma pantalla, tenes promociones, descuentos, cuotas, pagos
y un enorme botón para escanear un QR. Es como que la nutricionista te atienda
en la heladería. La tentación está muy fácil.
El dinero que ves es dinero que sentís disponible
Nuestro cerebro no trata a todo el dinero de la misma manera.
El dinero que está separado, invertido, o colocado en un
instrumento que requiera algunos pasos para rescatarlo o venderlo suele
sentirse como dinero “guardado”.
En cambio, el dinero que aparece todos los días en la
pantalla de tu celular se siente disponible aunque lo hayas destinado a
ahorrar. Aunque hayas prometido no tocarlo. Aunque incluso tenga nombre:
vacaciones, colchón de seguridad, etc.
Si ese dinero está mezclado con el que usas para pagar el
café, el supermercado o una salida, tarde o temprano corre el riesgo de
convertirse en consumo.
No porque seas irresponsable. Porque sos humano.
La comodidad también tiene un costo
Durante años se nos enseñó que cualquier fricción era mala.
Que cuantos menos pasos hubiera, mejor. Poder disponer del dinero
inmediatamente siempre era una ventaja.
Pero cuando se trata de ahorrar, esa comodidad puede jugar en
contra.
Hasta un plazo fijo, por ejemplo, tiene algo que hoy parece
incómodo, una fricción: no podés tocarlo durante un cierto tiempo. Y quizás esa
incomodidad no sea un defecto. Quizás sea el cinturón de seguridad.
Lo mismo ocurre con una inversión que está separada en otra
plataforma, separada de la cuenta desde la que pagás tus gastos cotidianos.
Para usarla, necesitas entrar, vender, esperar, transferir y justificarte
mentalmente por qué estas rompiendo tu propio plan.
Esos pasos te dan algo valioso que no encontras en una
billetera virtual: tiempo para arrepentirte.
El rendimiento real
Otro dato que suele quedar escondido es que la billetera te
pague intereses no significa necesariamente que estés ganando poder de compra.
Si los precios suben más rápido que el rendimiento que recibís, tu saldo puede
mostrar cada vez más pesos y, aún así, alcanzarte para comprar menos cosas. El
número crece; pero tu dinero, en términos reales, se achica.
Por eso, dejar dinero en una billetera virtual remunerada no
siempre equivale a invertir. Puede ser una buena forma de que la plata
destinada a los gastos cotidianos pierda un poco menos frente a la inflación,
pero difícilmente debería confundirse con una estrategia para construir
patrimonio. Invertir de verdad no es solamente recibir intereses: es buscar que
tu dinero conserve y, con el tiempo, aumente su poder de compra. Y eso solo
pasa si el rendimiento supera a la inflación del período.
Las billeteras no son el enemigo
No se trata de dejar de usarlas. Son una excelente
herramienta para manejar el dinero del corto plazo y evitar que quede
completamente quieta mientras espera ser utilizada.
El problema aparece cuando en el mismo lugar conviven:
-
El
dinero para el consumo cotidiano
-
El
dinero para pagar la tarjeta
-
El
dinero para las vacaciones
-
El
fondo de emergencia
-
El
ahorro para cambiar el auto
-
El
ahorro para tu futuro
Todo junto. Todo disponible. Todo a un toque del pulgar.
Por eso, la solución no es encontrar la mejor billetera, la
que más pague. Es dejar de pedirle a una sola herramienta que cumpla funciones
completamente distintas.
Dos cajones
Tu dinero necesita, al menos, dos lugares.
Un cajón para vivir.
Ahí va la plata que vas a necesitar durante los próximos días
o meses: gastos, compromisos, consumos y reservas de corto plazo. En ese cajón,
una billetera remunerada puede ser muy útil.
Y otro cajón para construir.
Ahí va la plata que no pensas gastar en el corto plazo. La
que tiene que sobrevivir a tus impulsos, a las promociones y a la tentación de
“total después la repongo”. Ese dinero necesita estar separado. Lo
suficientemente lejos como para que tocarlo requiera una decisión consciente.
En la guerra de las billeteras, no gana quien persigue cada
cambio en la tasa.
Gana quien deja de confundir liquidez con ahorro, y ahorro
con inversión.
Anexo



