Desobedientes financieros

 


Vos estás loco”, me dijo mi tío el día que le conté que había comprado acciones con parte de mis ahorros. No lo dijo con maldad. Lo dijo con una mezcla de desconcierto, cariño y, a su manera, “cuidándome”.

Para él, invertir en la bolsa era lo mismo que decirle “¿Vamos al casino?”. Y no porque no sepa de números, sino porque (como tantos otros) fue criado con un manual de supervivencia económica que, durante décadas, funcionó.

El problema es que ese manual no se actualizó.

En muchas familias argentinas, la relación con el dinero se construyó a fuerza de traumas: el plan Bonex, hiperinflación, corralito, pesificación, cepo, default, etc. Cada generación dejó su huella en frases que, repetidas una y otra vez, terminaron convirtiéndose en verdades absolutas:

-            “Comprá dólares y guardalos”

-            “Los bancos te roban”

-            “La bolsa es una timba”

-            “Invertí en ladrillos que no bajan nunca”

Y así, sin darnos cuenta, muchas de nuestras decisiones financieras no se basan en análisis, sino en lealtades. No invertimos porque no confiamos. Y no confiamos porque fuimos educados para desconfiar (muchas veces con razón).

Pero llega un momento en el que, si queres crecer financieramente, tenes que desobedecer. Romper amorosamente con esos mandatos. No para negar la experiencia de quienes te los transmitieron, sino para entender que sus herramientas ya no alcanzan para este presente. Mi tío no entendía que ponga mi dinero en la bolsa en lugar de comprar dólares y guardarlos. Si fuera por él, tendría que hacer eso con todos mis ahorros. Y sin duda que me lo decía con cariño, como un consejo sincero y experimentado.

Invertir es también animarse a pensar distinto, y eso no significa despreciar los consejos de seres queridos. Es cuestionar si realmente sirve en estos tiempos inmovilizar dinero bajo el colchón. O si tenemos que ser conservadores con absolutamente todo nuestro capital.

Veámoslo en un gráfico simple, de los últimos diez años.


El dinero en efectivo, guardado en caja de seguridad o bajo el colchón, pierde poder de compra porque la inflación en dólares también existe. Las cosas que se compran en dólares aumentan de precio, y los dólares guardados no aumentan ni se reproducen, lamentablemente.

Una costumbre muy argentina es haber guardado dólares por años, hasta décadas. Algo que le daba mucha seguridad a su tenedor, pero con mucho menos poder de compra respecto del que tenía cuando decidió guardarlos. Si hace 10 años guardabas 10.000 dólares en una caja de seguridad, hoy seguís teniendo 10.000 dólares. Como diría mi tío: "no perdiste". Y si encima miramos lo que varió el precio del dólar parece que hubiésemos ganado un montón... en pesos. Porque si hoy, 10 años después queremos comprar con esos dólares lo mismo que hace 10 años no nos alcanzaría. Pero eso no lo vemos como pérdida. Espero que mi tío no esté leyendo este artículo.

El gráfico muestra la pérdida del poder adquisitivo de la moneda dólar en la década, -26%, respecto de qué hubiese pasado si invertíamos ese dinero en la bolsa de EEUU (SP500). Cosa que se puede hacer desde Argentina sin problemas, de manera muy fácil y segura. Sin ir al casino.

La imagen también compara el desempeño de una acción en particular, APPLE, con un rendimiento mucho mayor aún, pero con el riesgo de una menor diversificación.

Animarse a trabajar el dinero no es fácil. Es luchar contra creencias muy arraigadas. Heredadas. Pero puede ser un punto de inflexión para cambiar nuestra realidad y el futuro.

En términos psicológicos, esto se llama reestructuración de creencias. Significa tomar una idea antigua, revisar su origen, confrontarla con la realidad actual, y decidir si todavía nos sirve. En términos financieros, se llama planificar con cabeza propia y no tanto con experiencia ajena.

El paso más difícil no es abrir una cuenta de inversión y comprar tu primera acción. Es soltar la voz del ser querido que te dice “no hagas eso” desde dentro tuyo.

Pero una vez que lo haces, algo cambia. Porque empezas a construir tu propio criterio. Tu propia historia con el dinero y tus propios resultados.

Invertir, entonces, no se trata solo de buscar rentabilidad a tus ahorros. Es en cierta manera independizarte. Es dejar de repetir patrones y empezar a escribir uno nuevo. Uno que, tal vez, un día también se transforme en consejo. Pero esta vez, basado en la información, no en el miedo.

Y eso también es herencia.